[El Oasis #17] A propósito de Santa Elena
Notas sobre espacios temporales
Miércoles, 3 de junio de 2026
Por Laura Daza
Santa Elena es un refugio temporal, imaginario. También una canción de Daniela Mercury, además de una instalación imaginaria. Santa Elena es el nombre con el que nombro a mis estancias temporales fuera de casa. Elijo a propósito pensiones modestas y encuentro en ellas refugios que inspiran la escritura. En un bajo con una ventana que da a un trastero, y que la gente reseña negativamente en Google, encuentro la inspiración.
Debo decir que no necesito un lugar como Versalles para encontrarme con ella. Cualquier sitio decadente y solitario tiene en mí más valor que uno luminoso revestido de volutas doradas. Esto se debe a que los lugares de espera, de tránsito o temporales me recuerdan a los “no lugares” de Hopper.
En los almuerzos, única pausa antes de la vorágine laboral vespertina, escucho conversaciones sin sentido, y ahí encuentro escenas cinematográficas. Subyace a toda banalidad una violinista que ameniza el restaurante. Nadie la mira y, en cierto modo, resoplo yo al escuchar el Bella Ciao y otras canciones populares que para mi gusto no tienen la precisión auditiva que en este día demandan mis oídos. Pequé de soberbia. Los artistas siempre necesitan monedas, pero yo me negué. Ya era demasiado tarde cuando vi su cara morena, mirada perdida, monedero abierto. Mirada suplicante y, al mismo tiempo, herida. Sus ojos sensibles y sufrientes se quedarían en mi retina por el resto de mi vida.
El tercer día, el camarero notó que no estaba comiendo lo suficiente. Rubio, bajito, ojos azules, acento del norte, cara de bonachón. Prototipo norteño. Camarero que cuida. En mi proceso creativo, los obreros y, en especial, los camareros tienen un gran peso en mi inspiración, porque dentro de la normalidad, y alejados del cliché de aquellos que resoplan, hablan alto y aguantan borrachos, hay un extremo donde los que son especiales encuentran su sitio plegados a los bordes de la campana de Gauss. Hay un tipo de camareros de los que nacen mis personajes. Son todos aquellos que nos salvan de los malos días. No importan las nacionalidades: españoles, del este de Europa, asiáticos, argentinos, venezolanos… Todos tienen una magia especial. Encuentro una diferencia abismal entre los camareros del norte de España y los del sur por la sencilla razón de que admiro la contención, la amabilidad y la discreción del carácter norteño. Debe disculparme la gente del sur; a veces me sientan mal los excesos de sol, baile y alegría. Entiéndase que los camareros de Sevilla me abruman por su euforia desmedida. No es nada personal. A veces me encuentro describiendo sonrisas. No hay nada que me fascine más que la sonrisa, la mirada y los gestos de los camareros asiáticos. La sonrisa esbozada y contenida es especialmente reguladora.
Me agrada que el camarero de siempre sonría sin enseñar los dientes, y eso es poderoso. Hay labios gruesos que solo sirven de soporte para mostrar la dentadura. Sin embargo, hay labios gruesos que se quedan en su sitio. El camarero sonríe con la mirada y siento que me cuida con decoro mientras yo escribo sobre ellos sin que lo noten y, a veces, parece que es una vuelta a la Nouvelle Vague.
Los bares asiáticos son un lugar especial para crear historias. Xiao Lang es pequeña, discreta, sonríe a medias y es eficiente. A veces, cuando te entrega la vuelta, te da un caramelo y otras veces no. Mei la acompaña, no dice nada, pero te recibe a carcajadas como diciendo otra vez por aquí. La muchacha argentina que trabaja en el coreano es eficiente, tiene el pelo largo y se parece a una actriz de cine para adultos, pero es curioso porque ella jamás se dedicaría a algo así. La luz de neón, el color violeta y los dibujos de One Piece son un escenario perfecto para el deslizamiento y agilidad que presenta en sus gráciles piececillos y encantadores andares.

Álex es alegre, extrovertido, toca la guitarra y canta en su tiempo libre. Hace bromas todo el tiempo, es rápido aprendiendo nombres y halaga a las clientas regalándoles corazones y flores de papel. Es zalamero y parece ser lo opuesto a la tristeza.
¿No se han dado cuenta de que todo amor adolescente empieza por el endiosamiento de uno de los trabajos más odiados? ¿No se dan cuenta de que los hosteleros aparecen en todas aquellas novelas que tratan de reflejar la soledad? ¿Alguna vez han visto hablar en las novelas de una comilona familiar donde los comensales toman tarta y hablan de operaciones estéticas, o no es más bien la soledad, el vacío, el espacio liminal o la mirada que hay hacia las ventanas del café de los aeropuertos mientras se espera el próximo vuelo lo que hace que una obra literaria sea buena? ¿Acaso la soledad no nos hace más nosotros mismos y nos vuelve más humanos en estos escenarios? Entiendan que no hay lugar para el pavoneo donde solamente está uno mismo con su maleta, sus circunstancias y las entrañas en ruinas reconstruibles. Se construye mi deseo hacia los camareros pelirrojos porque son tan volátiles que parece que se encuentran en el lugar equivocado. Estéticamente, en mis historias se colocan en lugares de paz. Podría haber entregado estas líneas a personas reales, pero simplemente ellos son personajes construidos por mi mente. Es así como nacen mis personajes literarios.
Ya de adulta, yo comprendí que la imagen no se acompaña a la realidad y, como ya no tengo profesora que me contenga el día de San Valentín ante la entrega de una carta firmada a un ser mundano, pueril y de poco mundo, me autorregulo ante la burla de ese lugar de donde yo provengo, muy parecido al escenario de Godzilla de 1954. No quisiera yo manchar mi dignidad entregando letras e imágenes a individuos cuyo hábitat solo sea la pantalla de Instagram y los partidos de los domingos, pues entiendo que el mundo real reacciona antes a una provocación que a un universo propio y halagador. Fue en esta tesitura cuando fui consciente de que había estado orbitando absurdamente alrededor de un mundo al que no pertenecía, y empecé a encontrar la luz en espacios liminales, ruinas industriales, fábricas abandonadas y camareros amables en bares medianamente solitarios, porque, ciertamente, a veces hay que dar el paso para enterrar a las masas, las aglomeraciones y las reuniones familiares. Piensen en la cantidad de detalles que se pierden cuando dan por establecido un lugar seguro, y, por el contrario, déjense llevar por el vacío y la irremediable soledad de un bar al anochecer.
Lectores Compulsivos Clandestinos
Por Gwen R. Morgan
Este viernes abrimos las puertas de Lectores Clandestinos, un grupo de apoyo para lectores compulsivos.
Aquí no fingiremos que podemos dejarlo cuando queramos.
Nos reuniremos para compartir recaídas literarias, recomendar lecturas que no necesitamos, aumentar sin control nuestras listas pendientes y leer juntos aquello que juramos que no íbamos a empezar hasta terminar los otros diecisiete libros abiertos.
Nuestra primera sustancia será K9, la antología escrita por el propio Oasis Clandestino. La lectura se realizará por capítulos y los comentaremos juntos en Telegram todos los miércoles, viernes y domingos.
Si alguna vez has dicho «un capítulo más» a las tres de la mañana, este es tu sitio.
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Atentamente (pero no mucho),
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